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Ponencia
presentada en el XIX Encuentro de Docentes e Investigadores de la
Lingüística (ENDIL), Cumaná, junio 2000.
¿Repetir y
corregir o solo corregir?:
consideraciones
sobre el rol del adulto en el proceso de adquisición de la lengua materna
Carmen Luisa
Domínguez Mujica
Departamento de
Lingüística,
Universidad de
Los Andes
La
corrección al hablar es quizá una de las creencias y normas que rigen
nuestro comportamiento social con más profundo arraigo. Cualquier
hablante se siente capacitado, en función de su conocimiento de la
lengua, para juzgar los usos "correctos" o
"incorrectos" de la lengua y, en el mejor de los casos, se
recurre al argumento de autoridad (la Real Academia Española o la maestra
de escuela) que transa las decisiones sobre lo que "se dice" y
lo que "no se dice". Los juicios de corrección no atañen
únicamente a la gramática o a la pronunciación, el saber colectivo
asevera, contundentemente, que lo que importa "no es lo que se dice
sino cómo se dice", esto es, que no todo es bueno para ser dicho en
cualquier momento y que no todo auditorio está en condiciones de recibir
la información de la misma manera. Así, antes que los lingüistas del
discurso, los hablantes supieron de la pragmática y de la retórica.
Una
característica del uso oral de la lengua es el hecho de que, en su
producción, el uso oral exige que la planificación y la realización del
texto sean simultáneas. De esta manera, un rasgo definitorio de este uso
es precisamente el hecho de que el texto oral muestra las huellas de la
planificación textual. El hablante hesita, retrocede, corrige, repite, en
el curso de su expresión, no puede ser de otra manera. Además de
características, e incluso definitorias, estas evidencias de la
planificación simultánea pueden considerarse también evidencia del
conocimiento que el hablante tiene de su lengua pues podemos suponer que
el hablante corregirá lo que considera que no es adecuado, lo que no se
ajusta a las reglas de su gramática. En sí mismas, las correcciones se
dirigen a varios niveles del texto o del discurso, se corrige la
pronunciación, la sintaxis, y también se corrige la referencia, el flujo
de información, la adecuación de la escogencia léxica al tipo de texto
o al tipo de situación en la cual se actúa, esto es, las correcciones
atañen a todos los aspectos del uso de la lengua.
Los
antecedentes de un trabajo sobre la corrección de la emisión oral, esto
es, la corrección que se presenta en el cuerpo del texto mismo a medida
que este se construye, es bastante amplia y algunos de estos antecedentes
constituyen ya un "clásico" en nuestra ciencia, por lo que se
mencionarán solamente. Es el caso, por ejemplo, del artículo publicado
en 1974 por Harvey Sacks, Emanuel Schegloff y Gail Jefferson, en el cual
se propone "el modelo más simple para la organización de la toma de
turnos en la conversación"; al cual suceden los trabajos de estos
mismos autores, juntos o por separado, donde el "mecanismo de la toma
de turnos" es comentado y ampliado y en los cuales aparecen, más
detalladamente presentados, algunos conceptos útiles para el análisis de
la producción oral (cf. Schegloff, Jefferson y Sacks 1977, Schegloff
1979). Uno de estos conceptos es el de REPARACION, esto es, las
evidencias, en la conversación misma, que producen por una parte la
violación y por la otra la recuperación de los mecanismos que organizan
la inter-locución como actividad social. De entre las reparaciones
posibles, estos autores dintinguen la CORRECCION (un sub-tipo de las
reparaciones) como aquella que mira hacia el texto mismo, de esta manera,
las hesitaciones, falsos arranques y reemplazos de términos de una
estructura por otra se pueden considerar correcciones que el hablante hace
a su puesta en palabras. Igualmente, tanto en las reparaciones como en las
correcciones, se considerará la diferencia entre aquellas auto-iniciadas
por el hablante de aquellas que el interlocutor hace, esto es, se
diferenciará la autocorrección de la heterocorrección.
Cuando
un niño adquiere su lengua, se enfrenta a la tarea enorme de adquirir no
solamente las formas que esa lengua ha incluido como formas del decir,
sino también, y sobre todo, lo que se dice y lo que no se dice, las
normas de la conversación, los modos del decir colectivo que no acepta
trasgresiones, que se muestra mucho más inflexible que las reglas de la
conjugación o las formas de la concordancia (cf., entre otros, Halliday
1982). Señalado por Chomsky como el mejor analista de su lengua, el niño
desarrolla una clara noción del carácter sistémico de su lengua y la
usa en apoyo al proceso de adquisición en el que está inmerso. Sabe
también el niño de su condición de aprendiz y muestra una muy temprana
conciencia de la "corrección" lingüística.
En
el ámbito de los estudios sobre Adquisición de la Lengua Materna, se ha
dicho y confirmado que el adulto es el modelo y el instructor no
especializado que participa como contraparte en este proceso. Según esto,
el adulto actuaría también como un "corrector"de las emisiones
infantiles y de su actuación lingüística, de hecho, esa es la
impresión que tenemos de nosotros mismos como "instructores" de
la adquisición, ahora bien ¿qué tipo de correcciones se hacen al
niño?, ¿hacia qué nivel se orienta la corrección?, y ¿qué es
exactamente lo que trasmiten las correcciones?. Para mi conocimiento, es
Daniel Slobin uno de los primeros psicolingüistas que se interesa
"sobre la naturaleza del habla a los niños" y son también muy
conocidas sus observaciones sobre el modo como se estructuran y varían
las emisiones del adulto según se dirijan a un niño o a un adulto y, en
el primer caso, según la edad del niño y el "estado de lengua"
en el que este se encuentra, esto es, la etapa de adquisición de la
lengua materna que se le puede reconocer. Este hecho no es extraño, todos
nos adaptamos a nuestro interlocutor, niño o adulto, con el cual
suponemos compartir información. Pero los trabajos y los comentarios de
Slobin dejan abierta la puerta a la investigación pues, por una parte, se
afirma la adaptación del habla del adulto a su interlocutor infantil,
esto es, el hecho de que el adulto organiza su mensaje tomando en cuenta
el "estado de lengua" en el cual se encuentra el niño y, por la
otra, se establece que ese mismo adulto no está tan dispuesto a corregir
las emisiones del niño a menos que se comprometa la intercomprensión.
Quedan entonces abiertas las preguntas sobre el tipo de correcciones que,
eventualmente, el adulto hace al niño.
En
este trabajo consideraré las hetero-correcciones en el diálogo
niño-adulto, esto es, las correcciones que el adulto hace al niño y, en
particular, aquellas que se producen por repetición con corrección de la
emisión infantil, para iniciar la reflexión sobre el rol del adulto como
contraparte y "corrector" en el proceso de Adquisición de la
Lengua materna.
Para
ello, reviso los datos proporcionados por un corpus de habla infantil
constituida por seis horas de grabación a seis niños caraqueños en
diálogo con un adulto. Se trata de seis niños cuyos padres, de acuerdo
con su profesión, nivel de estudio y de ingresos, pueden considerarse
pertenecientes a la clase media caraqueña. Fueron grabados tres niños y
tres niñas, de 3[años].2[meses], 3.8, 4.0, 4.6, 5.2 y 5.7 años. El
corpus fue recogido en la casa de los niños, en varias sesiones hasta
completar una hora. Se realizó una transcripción ortográfica respetando
pausas, repeticiones, hesitaciones y correcciones, esto es, se copió lo
más fielmente posible cada intervención. Para esta investigación, se
seleccionaron todos los casos de corrección del adulto ante la
intervención del niño aunque, como se indicó antes, se comentará solo
un tipo de ellas.
Repeticiones y
correcciones en el diálogo niño-adulto
un
personaje de la televisión: ¡Qué no cunda el pánico!
niño
(5.5): [imitando la voz del personaje de la televisión] ¡Qué no...
¡no confundan el pánico!
madre:
[imitando también] ¡Qué no CUN-DA el pánico!
niño:
¡No fundan el pánico! (risas de ambos).
El
ejemplo en (0), que no proviene del corpus sino de una conversación con
mi hijo, es muestra clara de lo que parece ser la actitud más consistente
del adulto, esto es, repetir esmeradamente la secuencia que corrige sin
limitar la expresión del niño. En efecto, la primera evidencia que
producen los datos es que, contrariamente a los que podía esperarse, el
adulto no corrige todos los casos en los cuales podría hacerlo. En la
muestra encontramos 182 "errores" de los cuales solo 34 son
corregidos y, de estos, 28 son hetero-correcciones y solo 6
auto-correcciones.
Entre
los "errores", los hay de todo tipo, es muy frecuente la
supersistematización de la conjugación y sobre todo de los imperativos.
Así, tenemos pónelo, hácelo y hasta un hácelamela (del
niño de 4.6 años); también, para referirse al tiempo no-actual, los
tres niños menores usan sistemáticamente anoche, lo cual pocas
veces es corregido por el adulto quien incluso retoma alguna de estas
formas para proseguir la conversación (ver ejemplo 2). Esta baja
frecuencia en las correcciones en general y en las hetero-correcciones en
particular puede deberse, por una parte, a la muestra misma y su
constitución, esto es, el adulto dirige el diálogo y la organización de
los temas y puesto que se trata de una serie de entrevistas con interés
lingüístico, el adulto está obviamente más ocupado en escuchar al
niño que en polemizar con él, es decir, en enfrentarlo con una serie de
correcciones que podrían "aburrir" al interlocutor infantil.
Cabe, sin embargo preguntarse si esta es una característica de la muestra
misma o de la actitud del adulto en la conversación con un niño pues,
tal como muestra el ejemplo citado antes, si el adulto hubiera insistido
en la corrección, la situación y la interlocución se hubieran tornado
de tal manera agresivas que la relación misma entre los hablantes se
hubiera resentido.
Para
volver ahora a las correcciones, en la muestra estas se realizan todas
orientadas hacia el uso de la lengua, son, por lo tanto, correcciones y no
reparaciones, contrariamente a lo que sucede en el diálogo entre adultos,
pero en estricta relación con las expectativas. Entre ellas, la
estrategia de corrección que más frecuentemente usa el adulto es la
repetición total o parcial de la emisión del niño que contiene el
"error". Cuando esto funciona perfectamente, tras la corrección
del adulto el niño la incorpora a la siguiente emisión, es lo que
tenemos en el ejemplo 1:
1. |
niño
(3.8): Omar Antonio es gordo de mí...
adulto:
¿Sí? ¿es más gordo?
niño:
Sí... y mi tío Enrique también es más gordo... sí... y
mi abuelo e... mi madrina es bien flaca... |
En
relación con este ejemplo, y otros como este, hay que notar que
intervenciones como la del adulto en este ejemplo son las que Brown y
Bellugi 1964 llamarían "repetición con expansión",
características, según los autores, de las intervenciones del adulto,
sobre todo en las etapas tempranas de la adquisición. La función de
estas repeticiones es la de "glosar" lo que el niño acaba de
decir. En el ejemplo presentado en 1 parece que el diálogo se articula de
la misma manera, esto es, el niño formula su mensaje y el adulto repite
con una expansión que en realidad no agrega nada a lo dicho por el niño
pero lo corrige. Ahora bien, por el modo como se introduce la corrección,
esta aparece atenuada por la repetición misma, que "disfraza"
la corrección y permite que esta se introduzca sin por ello atentar
contra la continuación de la conversación. Esta estrategia de
continuidad es general en el diálogo, hasta el punto de que, en algunos
casos, la repetición ignora la posible corrección y, por el contrario,
reitera la forma utilizada por el niño, como en 2:
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2. |
niña
(3.2): Ya... ya está prendiendo [el grabador]... anoche no
prendió [la grabación anterior había tenido lugar una semana
antes en la mañana]
adulto:
No, anoche no prendió. |
Como
puede verse en este ejemplo, el adulto prefiere mantener la conversación
en los términos de la niña, reconocer el uso sobreextendido del adverbio
para indicar el no-presente, antes que embarcarse en una corrección que,
seguramente, no tendrá eco.
Para
volver ahora al ejemplo 1, es interesante hacer notar que la corrección
efectivamente se produce porque la forma vuelve a aparecer en la
narración que continúa, y no porque el niño la repita especialmente
para mostrar que reconoció la corrección aunque, por otra parte, tampoco
se puede decir que el niño no está consciente, en algunos casos, de que
hay formas que le resultan difíciles y que, por lo tanto, a veces parece
estar esperando que el adulto repita y corrija lo que él ha dicho a fin
de poder resolver su predicamento, cuando no pregunta directamente cómo
se dice.
Ahora
bien, no todas las repeticiones por corrección tienen el efecto que
señalamos en el ejemplo en 1, tampoco todas pueden insertarse en el turno
siguiente al que ha presentado la corrección (esto es, en el turno
infantil), al contrario, la tendencia suele ser que la repetición del
adulto no deje huella en la emisión subsiguiente. Es lo que podemos ver
en los ejemplos 3-5:
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3. |
adulto:
¿Y hoy?
niña
(3.2): No... no me ponieron vestido.
adulto:
¿No te pusieron vestido?
niña:
No... no... esto.
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4. |
adulto:
¿Y cómo eran esos platillos voladores?
niño
(4.6): Ahí no haíba platillos voladores.
adulto:
¿No había?
niño:
No, solo aviones y naves espaciales.
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5. |
niño
(4.6): ... yo me estrellé, tu amigo era muerto...
adulto:
Está muerto, yo lo busco y me lo llevo...
niño:
Pero ¿cómo? si ese avión es muy pesado. |
La
intervención del adulto, que repite y corrige, tiene, justamente, esta
doble función, esto es: repite, y con ello mantiene la conversación; y
corrige, ofrece el modelo pues no hay evidencia de corrección en la
siguiente intervención del niño. Ahora bien, si no hay evidencia de la
corrección es que esta, en realidad, no puede aparecer pues, una de dos,
o seguimos conversando, en cuyo caso la intervención del niño no puede
incluir la intervención, o nos dedicamos a la corrección y entonces no
sigue la conversación. En los ejemplos 3-5, los niños interpretan la
repetición como una intervención pertinente en el curso del diálogo,
como una muestra de interés sobre uno de los aspectos de la historia o
del juego del que nos estamos ocupando. El ejemplo más claro es el que
aparece en 5, el adulto repite, pero también agrega la secuencia de
hechos que supone necesarios para que continúe el juego, por lo cual el
niño también continúa y es él entonces el que corrige pues, hablando
de normas, también los juegos de aviones las tienen. Así, la corrección
se inserta en la intervención del adulto sin cambiar su objetivo
principal que no es solamente el de corregir sino, justamente, el de
intervenir, hacer uso de su turno en la conversación y participar de
ella. Una intervención diferente, más "correctiva", sería
mucho menos adecuada conversacionalmente puesto que interrumpiría el
diálogo y esto no puede estar sucediendo a cada paso pues se corregiría,
probablemente, pero no se conversaría.
Este
doble rol de la repetición: corregir y continuar, puede aparecer más
claramente si consideramos los ejemplos en 6 y 7:
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6. |
adulto:
¿Fuiste a una fiesta?
niña
(3.2): Sí.
adulto:
¿En dónde?
niña:
En una partica...
adulto:
¿Dónde?
niña:
En una partica que yo fui a una fiesta...
adulto:
¿Dónde?
niña:
En una fiesta...
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7. |
niña
(4.0): ¿Cómo teniste fuerza?
adulto:
¡¿ah!?
niño:
¿Cómo teniste fuerza?
adulto:
¿Teniste fuerza?
niño:
Tú...
adulto:
Ah... porque soy más fuerte... |
En
6, el adulto aparentemente está esperando que la niña le diga algo así
como el lugar preciso o la dirección del lugar donde se realizó la
fiesta y la niña, en realidad, se lo está diciendo, solo que no logran
comprenderse. En 7, por su parte, la primera intervención del adulto
trata de conseguir la repetición del niño, para intentar la reposición
de la forma y su corrección, puesto que no la obtiene entonces repite,
pero su repetición se interpreta como un cambio de referencia a la
persona por lo que el adulto decide retomar la conversación antes que
volver a insistir en la corrección que, como se ve en 6, puede poner en
peligro la conversación. No se trata entonces de repetir simplemente,
auto-repetirse, como en 6, o repetir al otro, como en 7, la repetición
debe orientarse CON la conversación, como en 3, 4 y 5, debe insertarse en
la conversación, so pena de suspenderla.
Así
pues, es probablemente por esto que, en muchos casos (exactamente 148 en
la muestra que estoy considerando aquí), el adulto prefiere salvar la
relación y el diálogo antes que corregir al niño.
He
comentado hasta aquí, principalmente, las intervenciones del adulto y su
utilización de la estrategia de la repetición con corrección, ahora
bien, también los niños conocen esta estrategia. La simple repetición
es interpretada algunas veces como corrección, es lo que sucede en 8,
donde la repetición no debía buscar la corrección puesto que,
considerando la figura que ambos tienen delante, la identificación del
niño es adecuada, el adulto sin embargo repite y, con ello, consigue que
el niño cambie su primera interpretación, el adulto pregunta de nuevo,
ahora quizá para volver a la interpretación original, pero el niño la
mantiene:
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8. |
adulto:
¿Qué es esto? [mirando en una cartilla el dibujo de un cambur (o
un plátano)]
niño
(3.8): Un cambur.
adulto:
¿Un cambur?
niño:
Plátano.
adulto:
¿Un plátano?
niño:
Sí. |
También
hay que agregar que, aunque reconocidas, no siempre las correcciones del
adulto se pueden acatar, la niña del ejemplo en 9 está dispuesta a
autocorregirse pero no a cambiar su interpretación o sus razones, esta
niña ya sabe que la conversación no es solamente retomarse de un turno a
otro y continuar sino también, y sobre todo, expresar opiniones, puntos
de vista y roles sociales:
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9. |
adulto:
¿Por qué no lo quieres?
niña
(4.0): Porque es él... él es gafo...
adulto:
¿Está bravo?
niña:
No, GAFO. |
Para
concluir, entonces…
Todas
las correcciones presentadas hasta aquí se producen siguiendo un mismo
patrón: la repetición con corrección y, en casi todos los casos, estas
buscan la corrección del conocimiento de la lengua, sustituir una
estructura o palabra por otra, actúan en el nivel morfosintáctico o en
el nivel léxico. Sin embargo, la hipótesis que inició este trabajo
suponía que las intervenciones correctoras del adulto serían muchas y
muy prolijas. La revisión del corpus mostró todo lo contrario pues si
contamos 182 "errores", solo seis de ellos fueron corregidos por
iniciativa infantil y, sobre todo, solamente veintiocho lo fueron por el
adulto; hubo entonces 148 oportunidades en las cuales el adulto no
corrigió al niño y algunas más en las que, incluso, prefirió la forma
infantil (como puede verse en los ejemplos 4 y 25 citados antes). La idea
que tenemos del adulto corrector no puede, entonces, evidenciarse a partir
de estos datos. Tampoco me parece que, como dice Slobin, este hecho pueda
explicarse porque el adulto (recordemos que, en sus observaciones, se
trata siempre de la madre) se encuentra tan ocupado en interactuar con el
niño que, por ello, renuncie a corregirlo. Es cierto que las madres de
niños pequeños suelen estar siempre muy ocupadas pero, también, en la
muestra que comento el adulto no pertenecía siquiera al entorno familiar
de los niños grabados.
En
cuanto a lo que sí sucede, las autocorrecciones infantiles permiten
pensar, con Slobin, que cuando el niño se corrige está controlando su
emisión en relación con las normas gramaticales que conoce y que, de ser
así, la autocorrección nos permite evidenciar el proceso de adquisición
como un proceso activo y productivo. En cuanto a las heterocorrecciones,
he comentado junto a los ejemplos citados, los dos tipos que se encuentran
en la muestra con que trabajo, esto es, repetición con corrección e
interrogación para mostrar la incomprensión. Esta última forma, como ya
señalaba, no es explícitamente una corrección, sino más bien una
solicitud de reformulación con interés en la referencia, si la considero
entre las correcciones es porque, generalmente, la intervención del
adulto obtiene la reformulación que solicita y, como vimos en los
ejemplos, esta reformulación del niño es, más que una paráfrasis, una
reemisión de la forma anterior incluyendo una corrección. En cuanto a
las repeticiones del adulto que presentan la forma corregida, con menos
frecuencia esta corrección se encuentra en la forma subsiguiente emitida
por el niño, lo que no cambia su carácter de corrección. Ahora bien, lo
que me parece más interesante de ambos tipos es el hecho de que en ambos
casos estas están de tal manera insertadas en el diálogo que su
carácter corrector pasa prácticamente desapercibido. Especialmente en el
caso de las repeticiones, estas aparecen de tal manera que no puede
pensarse que tienen únicamente carácter corrector.
En
los trabajos de Diana Pessoa que comentaba antes, sobre todo en el
artículo de 1997, esta autora insiste en que la heterocorrección en
diálogos entre adultos caracterizados como "hablantes cultos"
se reduce y ello para evitar la confrontación entre los hablantes, la
tensión interpersonal y, por ende, dialógica, que se produciría en una
conversación donde nos empeñamos en corregir al interlocutor. Pessoa
deja entrever que esta tensión sería poco "elegante" entre
hablantes de este tipo. Ahora bien, ¿esta tensión es soportable entre
hablantes que no se caracterizan como cultos? [nota 8] y, en lo que nos
ocupa aquí: ¿puede hipercorregirse a su interlocutor solamente por el
hecho de que este es un niño? Me parece que, en ambos casos, la respuesta
es no. La agresividad de una conversación correctora es algo que solo
soportamos (y a duras penas) en una clase de lengua segunda para adultos.
Creo que si la heterocorrección no aparece con más frecuencia en la
muestra que considero es porque, si es este el modelo de uso de la lengua
que vamos a ofrecer al niño, entonces debemos ofrecerlo completo,
considerando a nuestro interlocutor, estableciendo con él acuerdos y
entendimientos en todo nivel y mostrando el interés y la atención
necesarios para que la conversación se sostenga. Enseñamos al niño a
jugar con los roles conversacionales, a tomar el turno y dejarlo, a
interactuar lingüísticamente como la forma más poderosa que conocemos
para dominar el entorno del homo sapiens desde que desaparecieron los
dinosaurios. Si no corregimos siempre y si lo hacemos tan poco es porque,
quizá, estamos descuidando la corrección de la norma gramatical a favor
de la norma pragmática que consiste en afirmar, cuando no corregimos, que
lo importante no es cómo se dice sino lo que se dice.
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