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LAS VARIANTES
FÓNETICAS RURALES DEL
HABLA DE LA
CORDILLERA DE MÉRIDA:
¿CAMBIO
LINGÜÍSTICO O PATRÓN DE SEXO?
Alexandra Alvarez
y Thania Villamizar
Departamento de
Lingüística
Universidad de
Los Andes
Fax: 5874 401837
Al
correlacionar los rasgos lingüísticos con los factores sociales, surge
la idea de que el lenguaje puede variar según el sexo de los hablantes.
Sobre este tema se ha escrito mucho, aunque aparentemente con pocos
resultados concretos; por una parte, porque las diferencias que se dan
entre los grupos de hombres y mujeres son menores y menos consistentes
que, por ejemplo, las que se dan entre grupos étnicos distintos: en un
caso se trata de diferencias sociales, mientras que en el otro el factor
condicionante es la distancia cultural. En los estudios urbanos, Labov
(1970) encuentra que los factores como etnicidad, edad y estatus
socioeconómico predicen mejor la ocurrencia de variables que el sexo.
Puede decirse, asimismo, que las interrogantes que han surgido no se han
respondido satisfactoriamente y parece haber, para cada pregunta, varias
respuestas posibles.
Este
trabajo está dedicado a los llamados rasgos fonéticos rurales de
la Cordillera de Mérida, en Los Andes venezolanos. Los resultados
obtenidos por Villamizar (1998) dan un mayor porcentaje de uso de estas
variantes a los hombres que a las mujeres y un descenso aún más marcado
entre las mujeres jóvenes, que entre las de más edad. En lo que sigue,
nos haremos algunas reflexiones con relación a los marcadores de sexo,
así como sobre el problema del prestigio social y su relación con
éstos. Haremos especial énfasis en la variación que se da en la zona
andina entre la pronunciación de prestigio y la rural. En este trabajo
usamos la palabra género1 para
referirnos al problema morfológico, mientras que hablamos de sexo
cuando nos referimos a hombres y mujeres como grupos distintos y a las
variantes sociolingüísticas que hacen alusión al discurso producido por
cada uno de estos grupos2.
FORMAS
DISTINTAS
En
un valioso capítulo de su libro dedicado a este tema, Fasold (1990)
afirma que los lingüistas se han interesado por los rasgos del lenguaje
relacionados con el sexo no solamente como un fenómeno lingüístico en
sí, sino también por lo que estos rasgos nos informan sobre el
desarrollo histórico de las lenguas; en el sentido de en cuál de ambas,
las formas femeninas o las masculinas, se origina el cambio lingüístico.
Sin
embargo, ya en los Principios de Fonología, Trubetzkoy (1973)
indica la existencia de diferencias en la pronunciación de hombres y
mujeres:
En las
comunidades lingüísticas poco o nada diferenciadas desde el punto de
vista social, son especialmente las diferencias de sexo y de edad las
que influyen en la pronunciación (en la realización) de los
distintos sonidos del lenguaje (p. 16).
Este
autor señala el ejemplo de los chukches para quienes existe una
diferencia en la pronunciación de la africada [ c#
] palatalizada para los hombres y [t¡
s] para las mujeres. Asimismo, se refiere a
que en ruso la labialización de [o] acentuada es mayor entre las mujeres
que entre los hombres, tanto que un exceso de labialización entre éstos
puede pasar por afeminamiento. Sin embargo, lo más importante es que el
príncipe considera que una descripción detallada del sistema fonológico
de una lengua debe tener en cuenta estas diferencias convencionales entre
la pronunciación masculina y femenina de una comunidad. Estos
conocimientos formarían parte de una fonoestilística y serían
equivalentes a la etnografía en otros planos de la cultura. Los
pormenores dependerían entonces de la estructura social del pueblo o de
cada comunidad lingüística.
Parece
lógico que se den diferencias en el nivel fonético: el tono masculino
medio es más bajo que el femenino, por razones anatómicas; además, las
mujeres utilizan una gama entonativa más amplia que los hombres y esto ha
dado lugar, según Romaine (1996), al estereotipo de que ellas se exaltan
y se emocionan más que los hombres. En Venezuela, Mora (1990) muestra
cómo se dan diferencias prosódicas entre hombres y mujeres, pues la
estructura entonativa general es más modulada en los grupos femeninos;
sin embargo, la autora encuentra que el factor que más incide en la
variación es el social.
Hay
numerosos estudios en fonética segmental en relación con las diferencias
de pronunciación de ciertos segmentos (Labov 1970; Shuy 1970). Sankoff y
Cedergren (1989) encuentran, por ejemplo, que las mujeres canadienses
pronuncian la líquida [l] más que los hombres. Romaine y Reid (1976)
reportan que las niñas escocesas pronuncian más la [t] dental que los
varones, en un 10%. En USA, se da más la [r] postvocálica, la variante
estándar, entre las mujeres que entre los hombres (Anshen 1969; Wolfram
1969).
En
cuanto a morfología, Fasold (1990) cita ejemplos donde o bien el sexo del
hablante, o bien el del oyente, determinan la forma a emplear. En
japonés, por ejemplo, la partícula final de oración ne refiere a
un hablante femenino.
Las
diferencias en el léxico son quizás de las más obvias en muchas
sociedades. De hecho, se creyó debido a diferencias léxicas, que había
pueblos en los que las mujeres y los hombres parecían hablar lenguas
diferentes. Trudgill (1974) relata en este sentido, un ejemplo muy
conocido sobre los caribes en Dominica; aunque se descubrió más adelante
que lo que había eran diferencias léxicas, debido al hecho de que
prevalecía un sustrato arawaco de una tribu exterminada, de la que
solamente habían sobrevivido las mujeres. De este hecho había surgido un
tabú para algunas palabras que solamente los hombres adultos podían
emplear. Fasold (1990) cita también el ejemplo del koasati, una lengua
americana nativa del oeste de Louisiana, donde se dan diferencias
sistemáticas entre las versiones de los paradigmas verbales producidos,
en el indicativo y en el imperativo, por hombres y mujeres.
En
algunas sociedades occidentales como en los Estados Unidos, las mujeres
usan menos palabras rudas u obscenas que los hombres, mientras que Smith
(1976) reporta lo contrario para las mujeres del Brasil. Hay otros tipos
de tabúes léxicos, como el que refiere Trudgill (1974), de las mujeres
zulú, para pronunciar el nombre del suegro.
En
cuanto al discurso y las actitudes, se ha vislumbrado la posibilidad de
que los padres les hablen distinto a los hijos que a las hijas. Se ha
dicho siempre que las mujeres hablan más que los hombres, aunque parece
no ocurrir lo mismo cuando los grupos son mixtos. Smith (1976) se
pregunta, por cierto, qué papel ha jugado el sexo de los investigadores,
en los resultados de las entrevistas lingüísticas. Lakoff (1973)
sostiene que los hombres toman más la palabra, interrumpen más a las
mujeres y, en general, hablan más. Esta misma investigadora ha sostenido
que los temas abordados por ambos grupos son diferentes. Las mujeres
parecen hablar más de la familia, de las relaciones personales y de los
sentimientos que los hombres, que hablan más de deportes, automóviles,
etc.
Se
ha determinado, que en el nivel discursivo, los hombres y las mujeres
tienen formas de interacción distintas: las mujeres se ocupan más de la
solidaridad y los hombres, más del poder. Las mujeres se preocupan de
preservar la intimidad, y las jerarquías están condicionadas más por la
amistad que por el poder. Los hombres suelen ser mejores en las
intervenciones públicas porque se les prepara para ello, y las mujeres
son mejores en los procedimientos que conducen a la continuación de una
conversación (Tannen 1986; 1990).
EL PATRÓN DE
SEXO
Se
ha observado que las mujeres realizan rasgos normalmente considerados como
más "correctos" y evitan los "incorrectos". Esto
sucede en lenguas que tienen una distinción entre formas estándares y no
estándares, relacionadas a su vez con algún tipo de jerarquía social;
ésto se ha llamado el patrón o modelo de sexo (gender pattern.) (Labov
1970; Trudgill 1974; Smith 1976). Chambers y Trudgill (1984) precisan que
esto ocurre cuando no hay diferencias de otra índole y Hudson (1983) hace
énfasis sobre el hecho de que el fenómeno es generalmente gradual.
Desde
muy temprano, por ejemplo, se reporta para las mujeres de los Estados
Unidos la pronunciación del sufijo -ing del gerundio, más
frecuentemente que en los varones, quienes dicen in (Fisher 1958;
Shuy, Wolfram y Riley 1962). A su vez, Labov (1966) reporta que las
mujeres hacen la pronunciación alta de las vocales /eh/ y /oh/ en Nueva
York, pero prefieren la realización baja —más que los hombres—
cuando leen listas de palabras, o sea que realizan un patrón de hipercorrección.
Labov (1990) define este modelo de la siguiente manera:
En
cualquier sociedad, donde los hombres y las mujeres tengan igual
acceso a la forma estándar, las mujeres usan variantes estándares de
cualquier variable estable que esté socialmente estratificada para
ambos sexos, más frecuentemente que los hombres. (p. )
Lo
interesante es que este modelo se da en numerosas sociedades, aun cuando
las mujeres reciben muchas veces menos educación que los hombres; y que
hay que tener en cuenta según el mismo autor, que para que las mujeres
usen formas estándares que se diferencian del habla de todos los días,
tienen que tener acceso a estas formas.
Las
explicaciones del patrón de sexo
i) Prestigio y
poder
El
patrón de sexo se ha explicado de diversas formas, pero la
principal ha sido la del prestigio lingüístico. Según esta
teoría, las mujeres son más conscientes del estatus social que los
hombres. Esta explicación es doble porque se basa, por una parte, en el
comportamiento que la sociedad requiere de ellas, y por la otra, por ser
la posición de las mujeres menos segura y dependiente de los hombres de
la familia, ellas buscan un estatus a través de sus modelos de habla.
La
conciencia social de las mujeres se explica también, según Trudgill
(1974) por el hecho de que ellas tienen una función en la crianza de los
hijos y en la trasmisión de la cultura; lo que las lleva a velar porque
los jóvenes adquieran formas de prestigio. Los hombres pueden aumentar su
estatus a través del trabajo, mientras que ellas son evaluadas por su
apariencia. Para Hudson (1996), el lenguaje de prestigio sería entonces
el sustituto femenino de un cargo con prestigio, como una forma de
establecer una posición en la sociedad.
Varios
lingüistas, entre ellos Romaine (1990) y Fasold (1996), coinciden en que
esta explicación se basa en nociones estereotipadas y culturalmente
específicas sobre la familia, como unidad primaria de estratificación
social, incluyendo aquí la noción de que el estatus de las mujeres viene
de las ocupaciones de sus padres o maridos. Romaine llega a sostener que
las investigaciones iniciales se emprenden a veces con el propósito
principal de confirmar la suposición de que los hombres son
genéticamente superiores.
Para
Romaine (1996), las mujeres ocupan un espacio semántico negativo y son
vistas como derivados del hombre o como su versión inferior. En
prácticamente todos los campos de la investigación, lo que se busca
explicar, según ella, son las diferencias de las mujeres con respecto a
las normas del varón (p. 125). Los prejuicios sobre las mujeres se
muestran, por ejemplo, en estudios que, al ver los informantes comiquitas
sin palabras, describen a los hombres como lógicos, concisos,
controladores, y a las mujeres como estúpidas, vagas, emocionales y
confusas (Smith 1976:136)
Romaine
objeta el que se diga que basta con observar qué usan las mujeres para
saber cuáles son las formas prestigiosas en la comunidad y qué usan los
hombres para saber cuáles están estigmatizadas. Se refiere a uno de los
estudios iniciales sobre el tema de las actitudes (Lakoff 1972) en
relación con las preguntas-rótulo (tag-questions), donde se las
interpretó como producto de la inseguridad y la falta de confianza a la
hora de exponer las propias opiniones; sin embargo, más tarde, otros
estudios han demostrado que los hombres usan, en oportunidades
generalmente formales, mayor proporción de estas estructuras que las
mujeres (Romaine 1996:124).
ii) Redes
sociales y mercado lingüístico
Otra
explicación del patrón de sexo proviene de dos fuentes diversas,
y se basa en las condiciones sociales y de trabajo de ambos grupos. La
primera fuente es la teoría de las redes sociales de Milroy (1980). Una
red social está formada por un grupo de personas que se frecuentan. Si
aquellas personas que alguien frecuenta están a su vez en contacto, se
habla de redes sociales estrechas o laxas. Si estos contactos son de
diversa índole, se habla de redes sociales complejas. Una red social
estrecha y compleja garantiza también el fortalecimiento de los usos
lingüísticos.
Según
Milroy (1980), las mujeres forman redes sociales laxas, mientras que los
hombres forman redes sociales más estrechas. Esto se debe generalmente a
que las mujeres se ven obligadas a salir de su comunidad para trabajar,
mientras que los hombres no tienen que hacerlo. En Ballymacarret, el caso
estudiado por la autora, los hombres pasan más tiempo con sus amigos, de
modo que las normas lingüísticas de la comunidad terminan por
influenciarlos más que a las mujeres.
La
segunda fuente de la explicación social y económica es la del mercado
lingüístico, según la cual son las condiciones de trabajo las que
determinan los usos del lenguaje. Se supone que un hablante puede adoptar
formas de prestigio mientras está en el mercado de trabajo y abandonarlas
al pensionarse. En un estudio sobre el Gullah, una variedad de bajo
prestigio del inglés de los hablantes negros de Carolina del Sur, se
muestra que las condiciones del mercado de trabajo local son la clave para
las elecciones lingüísticas de los hablantes (Fasold 1990).
Este
estudio muestra cómo en Carolina del Sur, las mujeres más viejas, que
tienen pocas oportunidades de trabajo, más allá del trabajo doméstico y
agrícola, usan el Gullah en los contactos comunitarios mientras que las
mujeres más jóvenes, con oportunidades de trabajo nuevas en el sector de
servicios, muestran un cambio acentuado hacia el inglés, un requisito
para comunicarse con el mundo blanco fuera de su comunidad. Según esta
perspectiva, las mujeres no son un grupo homogéneo y su comportamiento no
puede expresarse de una manera global e indiferenciada.
Las críticas
al patrón de sexo
La
conducta con respecto a las variables de sexo no se corresponde, sin
embargo, con las actitudes de los mismos hablantes hacia estas variantes.
Labov (1966) muestra cómo ambos, hombres y mujeres, reportan mayor uso de
la variedad de prestigio del que realizan. Hay algo muy significativo,
descubierto por Trudgill ( ) en este sentido estudiando el inglés de
Norwich (1972), y es que para los hombres, las formas no estándares gozan
de un prestigio encubierto —covert prestige— mientras que el
prestigio abierto o manifiesto —overt prestige— se asocia con
las mujeres. De modo que las explicaciones anteriores, si bien responden a
algunas inquietudes, no satisfacen totalmente las interrogantes en
relación con el tema.
Hudson
(1996), Fasold (1990) y Romaine (1996) son críticos en cuanto al patrón
de sexo, sobre todo por los siguientes argumentos: 1º) Es
sorprendente que las formas consideradas correctas, o que gozan de
prestigio social, sean justamente las menos usadas por los hombres,
fuentes de ese prestigio; también extraña que, aún con el uso de estas
formas, las mujeres no logren la posición de prestigio que anhelan. 2º)
El modelo tampoco explica el problema del prestigio encubierto, es
decir el hecho de que los hombres confiesen un uso menor de tales formas
que las mujeres y que ellas, por el contrario, digan usarlas más. No
queda claro por qué las mujeres jóvenes toman la delantera en el uso de
formas nuevas, corriendo un riesgo social al introducirlas en su habla.
LOS MARCADORES
DE SEXO
Una
de las explicaciones a la actuación de las mujeres en relación con la
variación lingüística, es considerarla como un síntoma del comienzo de
un cambio lingüístico; sin embargo, hay otra. Trudgill (1974) objeta el
hecho de que el lenguaje sea tomado como un síntoma y sostiene que las
variedades relativas al sexo surgen porque, por ser el lenguaje un hecho
social, este está muy relacionado con las actitudes lingüísticas.
Según el autor, los hombres y las mujeres son distintos socialmente
porque la sociedad les propone roles sociales distintos, y a la vez,
distintas formas de conducta.
Por
su parte, Fasold (1990) sostiene que se debería considerar la posibilidad
de que hombres y mujeres traten de lograr cosas distintas a través del
lenguaje. Es decir, que más que el empleo de una variedad, se trata de
formas socialmente diferentes, pero lingüísticamente equivalentes de
decir lo mismo, estando entonces el problema en el nivel de uso de la
lengua. A nuestro modo de ver, es posible que en cuanto a las formas
preferidas por ambos grupos, hombres y mujeres, se trate de formas
socialmente iguales, es decir valoradas en forma equivalente por ambos,
pero lingüísticamente diferentes. El autor refiere un ejemplo
interesante en relación con algunos cambios de código que se dan en
Tanzania, donde las mujeres prefieren el inglés al swahili; según el
autor, el uso de formas menos localistas las ayuda, sutil y
subliminalmente, a protestar normas tradicionales de la comunidad que las
ponen en una posición subordinada a los hombres, a favor de un orden
social más igualitario, en el que la mujeres son tratadas igual que
aquéllos.
Se
ha visto en el inglés británico, además, que la pronunciación
estándar es normalmente evaluada como más femenina. Asimismo, en Gran
Bretaña, las mujeres no feministas hablan más el estándar que las
feministas, quienes prefieren las formas vernáculas, transponiendo así
tipos de evaluaciones de otros dominios de la vida social, al del lenguaje
(Smith 1976).
Hudson
(1996) introduce una hipótesis que titula de sofisticación,
basada en la idea de que en las sociedades urbanas modernas hay dos
estereotipos, sobre lo que es sofisticado y lo que no lo es: algo parecido
a la vieja idea de civilización y barbarie. Según esta teoría, los
hombres son atraídos por lo rudo y las mujeres por lo sofisticado. En
este caso los hombres y las mujeres hablan distinto porque siguen metas
diferentes, y tienen modelos en conflicto entre sí. En el Páramo, por
ejemplo, los hombres de más edad consideran la [ sÁ
] apical como rasgo de masculinidad, y
corrigen a los niños varones cuando pronuncian la predorsal, por
considerarla afeminada.
Pero
como todos los fenómenos sociolingüísticos, éstos son dinámicos.
Normalmente la gente acomoda su habla y converge lingüísticamente
cuando quiere acercarse al otro, y se distancia cuando quiere establecer
límites: la lengua tiene una función primordial de unir y de separar
comunidades (Trudgill 1974; 1983).
Si
bien muchos de los estudios existentes provienen de sociedades urbanas,
también los hay, escasos, pero muy interesantes, sobre el habla rural. En
cuanto a los dialectos y cambios de código es muy significativo, para el
estudio del habla rural de la Cordillera de Mérida, el estudio de Gal
(1979) que muestra cómo las mujeres jóvenes de la frontera
austrohúngara se salen de sus redes sociales campesinas al hablar alemán
en vez de su dialecto húngaro, la lengua de los campesinos de la región.
Algo similar reportan Trudgill y Tzavaras (1977) sobre el arvanitica,
hablado por los griegos de ascendencia albanesa. Las mujeres prefieren
hablar griego que albanés, por ser aquélla la lengua que les abre más
las perspectivas sociales.
Salvador
(1975) en su trabajo realizado en dos aldeas ubicadas en los límites del
andaluz, Vertientes y Tarifa, reporta que entre las mujeres de estos dos
lugares existe un dialecto "castellano", en el cual, dice el
autor:
... ha
reaparecido la s final de palabra o final de sílaba y se han
reducido las diferencias de timbre vocálico, se distinguen l y
r implosivas e incluso oímos de vez en cuando la palatal
lateral sonora. Pero los hombres, prefieren el andaluz: al
regresar los hombres del trabajo y ponernos en comunicación con
ellos, hemos tenido que añadir un nuevo límite separador entre una y
otra manera de pronunciar, un límite no ya geográfico, sino social,
de sexo (p. 46).
Salvador
(1975) afirma que los hombres practican una fonética innovadora, la
andaluza, mientras que las mujeres permanecen fieles a su pronunciación
castellana. Y lo explica porque "en una sociedad como la andaluza,
montada sobre un tremendo desnivel social, la diferencia de las dos clases
es tan marcada que no hay que recurrir a minucias lingüísticas para
señalarla. Allí el habla no parece distinguir las clases sociales, pues
el señorito andaluz habla igual que el último jornalero de su
cortijo" (p. 47). El autor propone la idea de que, a mayor
nivelación lingüística, hay mayor desnivel social; una teoría similar
sobre límites lingüísticos y no lingüísticos ha sido desarrollada
posteriormente por Giles (1976) en relación con los marcadores étnicos.
EL PÁRAMO
En
el estudio de Villamizar (1998) sobre el habla rural de la Cordillera de
Mérida, la autora encuentra que en la zona del Páramo se conservan
rasgos lingüísticos rurales, en mayor medida que en la población
de La Pedregosa, la zona de transición entre el campo y la ciudad. En el
trabajo mencionado, se explica cómo estos rasgos disminuyen en la
cercanía de Mérida, la ciudad más importante de la zona.
Citaremos
fundamentalmente tres de los rasgos estudiados en Villamizar (1998): i) la
realización apical [ sÁ ]
del fonema /s-/; ii) la realización asibilada [ r#
] de /r/ y de /R/ y la realización bilabial
[F] de /f /.
La realización
bilabial de /f/
En
la zona rural de la Cordillera de Mérida se realizan tres variantes de
/f/, la labiodental [f], la bilabial [ F]
y la aspirada [h]. La variante bilabial no se ha reportado en Venezuela
para el medio urbano y la aspirada se encuentra muy poco, por lo que
Villamizar (1998) las considera variantes del habla rural. En el gráfico
siguiente se puede observar la realización bilabial [F]del
fonema /f/ en el Páramo.

Gráfico Nº 1.
Realización bilabial de /f/.
En
la población de La Pedregosa —una zona de transición entre la montaña
y la ciudad— la variante bilabial va en franco descenso entre hombres y
mujeres en la generación de los jóvenes. En el Páramo, en cambio, se
muestra un comportamiento diferente: allí, si bien el porcentaje de uso
de la variante disminuye entre las mujeres jóvenes, más bien tiende a
aumentar entre los hombres.
En
la generación de más edad en la Pedregosa, la realización bilabial [f]
era una variante femenina, es decir es preferida por las mujeres del Grupo
II; mientras que en el Páramo, en ese mismo grupo es preferida por los
hombres. De modo que no puede decirse que la conducta de los hablantes, en
cuanto a las realizaciones de /f/, sea equivalente en ambos lugares.
Tenemos por una parte en La Pedregosa la desaparición de una variante de
preferencia femenina, y en el Páramo, la conservación de una variante
preferida por los hombres. En cuanto al uso de la otra variante rural, la
aspirada, si bien parece ir en descenso entre los jóvenes, se da más en
el grupo de los hombres que en el de las mujeres.

Gráfico Nº 2.
Realización glotal de /f/
La fricativa
alveolar /s-/
En
el español de Venezuela, el fonema fricativo alveolar /s/ se realiza en
tensión silábica comúnmente como predorsoalveolar [s] y en distensión
silábica como [s], aspirada [h] o puede elidirse totalmente (cf.
Obediente 1991:179). En el habla rural de Mérida, el fonema puede
realizarse en tensión silábica de tres formas diferentes: como
predorsoalveolar [s], como ápico alveolar [ sÁ
], o como aspirada [h].

Gráfico Nº 3.
Realización apical de /s-/
El
uso de la variante ápico alveolar [ sÁ ]
ha disminuido en la Pedregosa, como zona de transición, equitativamente
en ambos grupos de hombres y mujeres entre la generación más joven,
mientras que, en la generación mayor, es la variante preferida por los
hombres. En el Páramo, aun cuando, también es preferida por los hombres
y las mujeres de mayor edad, desaparece entre las mujeres más jóvenes,
pero no así entre los hombres.
r
asibilada
Recordemos
que en el inventario fonológico del español existen dos fonemas
vibrantes que se oponen solamente en posición intervocálica,
neutralizándose en otras posiciones en el archifonema /R/. Una de las
posibles realizaciones del fonema vibrante múltiple y del archifonema es
la variante asibilada [ r# ].
Si bien la bibliografía tradicional no señala la existencia de la r
asibilada en Venezuela, los trabajos recientes de Navarro (1995) y
Obediente (1966) la reportan en el habla de dos regiones: Puerto Cabello y
la Cordillera de Mérida, respectivamente. Como señala Villamizar (1998),
en el habla rural de la Cordillera de Mérida se conserva la variante
asibilada, aunque ocurre en menor proporción que las variantes no
asibiladas. Mientras que en La Pedregosa parece haber desaparecido entre
los jóvenes, tanto hombres como mujeres, en el Páramo se conserva
todavía entre los jóvenes, pero en mayor proporción entre los hombres.
Esto último es interesante, debido a que en La Pedregosa, en la
generación de los de más edad, era la variante preferida por las
mujeres. En los gráficos siguientes se ven las realizaciones de /r#
/ en el Páramo y la Pedregosa.

Gráfico Nº 4.
Realización asibilada de /R/

Gráfico Nº 5
Realización asibilada de /r/
Podemos
ver entonces cómo el grupo de mayor edad utiliza en general los rasgos
rurales más que los jóvenes. Sin embargo, podemos recalcar que el nivel
de desaparición de los rasgos es menor entre los hombres jóvenes —a
veces insignificante—, y no se da por ejemplo en la pronunciación
bilabial [ F] de
/f/, donde más bien aumenta. Por otra parte, debe también enfatizarse
que de las tres variantes, que en el Páramo son variantes masculinas, en
La Pedregosa, en la generación de más edad, dos de ellas son femeninas;
de modo que no puede decirse que se mantengan las normas de uso entre la
zona rural y la semiurbana. Si La Pedregosa fuera una continuación del
Páramo, es decir, si se tratara de la misma comunidad de habla, las
normas de uso, como ésta, se mantendrían. En todo caso, este detalle
permite dudar de que se pueda ver la conducta de la Pedregosa como una
especie de proyección —a modo de tiempo aparente— de la conducta del
Páramo en el futuro.
Ahora
bien, mientras que en el Páramo, tanto la realización apical de [s-]
como la realización bilabial [ F]
del fonema /f / muestran una reducción leve entre los hombres
jóvenes, hay una reducción más notable del uso de la [r#
] asibilada; está por verse si ésta última
variable pudiera desaparecer, o bien si va a mantener el uso que tiene
entre los hombres.
Se
hace mención en el estudio de Villamizar (1988) al hecho de que, en la
generación más joven, el porcentaje de uso de estos rasgos disminuye
marcadamente entre las mujeres. El problema, desde el punto de vista
sociolingüístico, tiene dos explicaciones: i) o bien es un cambio
lingüístico en progreso; ii) o bien las realizaciones rurales están en
proceso de convertirse en un marcador de sexo, es decir, una variable
sociolingüística relacionada con el sexo de los hablantes.
En
el primer caso, es decir, si consideramos que las mujeres son las
anunciadoras del cambio, estaríamos ante una realización del patrón
de sexo. Las mujeres jóvenes buscarían producir las variantes no
estigmatizadas socialmente, por ser las que se dan en el centro urbano
más próximo, la ciudad de Mérida. Podríamos estar ante un cambio
lingüístico en progreso, mostrado por la tendencia que se observa en la
juventud, especialmente entre las mujeres, hacia las variantes de
prestigio.
Una
visión occidental argumentaría a favor de la hipótesis del cambio hacia
la variante prestigiosa diciendo que las mujeres del Páramo no parecen
ser consideradas como iguales por sus maridos, porque ellas son tenidas
por menos racionales que los hombres y su actividad está
"relegada" a las labores del hogar y a la crianza de los hijos.
Ellos son los únicos que se permiten acercarse a los lugares de comercio
para realizar intercambios, lo que se hace con el fin de preservar a las
mujeres en la casa y evitar que sean vistas y codiciadas por otros
hombres. Si recordamos un ejemplo de Tanzania, citado por Fasold (1990),
podría considerarse que las mujeres ven, en el uso de las variantes no
locales, una forma de aliviar costumbres que no las favorecen.
Clarac
de Briceño (1982) hace una interesantísima descripción sobre la
relación de las creencias sobre los sentidos del cuerpo y la
estructuración de la sociedad. En la cosmovisión de los campesinos
merideños, el ser humano tiene cinco sentidos: la vista, el oído, el
olfato, el gusto y "el sentido". Este último, solamente lo
tiene el hombre adulto, y consiste en la capacidad para actuar, para
defenderse en la vida. Los demás, lo tienen en menor grado y formando un
continuo entre las categorías del ser humano, que son cuatro (p. 56):
1. El
hombre (varón-adulto)
2. La
mujer-con-hijos
3. La
mujer-sin-hijos
-
El niño.
Tenemos,
por una parte una clasificación especial de los seres humanos, en un
continuo jerárquico de poder y prestigio y, por la otra, una concepción
diferente de los sentidos de la especie. Los hombres son quienes detentan
el poder, el dominio y la justicia y las mujeres van
aumentándolo con el número de partos (cf. Peña 1998:33). Esta
concepción, muy posiblemente influye en la manera de pensar de los
miembros de esta cultura sobre otros campos, aún cuando ellos mismos no
sean conscientes de ello. Se podría pensar que, por las consecuencias que
tiene esta concepción de la sociedad sobre la vida de la mujer andina,
las jóvenes podrían estar dispuestas a abandonar las creencias de la
comunidad y preferir las de la ciudad, que aparentemente las favorecen.
Además, hay una real tendencia de emigración del campo hacia la ciudad,
debido a las difíciles condiciones de vida de los campesinos venezolanos.
A
pesar de ser éste un razonamiento posible, hay otros elementos que tomar
en cuenta para resolver el problema del uso de formas lingüísticas
distintas entre hombres y mujeres. Otra explicación es que en vez de un
cambio lingüístico hacia el estándar representado por la norma urbana,
la actitud de las mujeres se deba al inicio de una diferenciación
lingüística en la norma rural, relacionada con el sexo de los hablantes.
En otras palabras, podríamos estar ante el surgimiento de un marcador
de sexo .
En
la región, los hombres y las mujeres cumplen funciones muy importantes en
el campo de la medicina popular. Las mujeres se ocupan de todo lo relativo
al parto y a los cuidados de los habitantes de la casa, mientras que los
hombres se dedican a la recolección de las plantas medicinales. De igual
manera, la experiencia demuestra que cuando los jóvenes vienen a la
ciudad, en vez de abandonar sus creencias, las reestructuran adaptándolas
a la vida urbana.
En
un estudio sobre las estatuillas femeninas de la zona, Peña (1998)
muestra cómo la mujer, que tiene menos sentido que el varón
adulto, realiza otras actividades con las manos, que siendo exclusivas de
la mujer, le confieren cierta importancia, como lo es la alfarería y el
atender partos como comadrona. La autora recuerda además la observación
de Clarac (1982) de que, dentro del grupo de los médicos, la mujer puede
compartir las actividades curativas de los yerbateros y sobadores y
participa del poder de provocar enfermedades, propio de los médicos
brujos, para concluir, que si bien el asiento del poder masculino estaría
en la cabeza, el poder femenino asociado con la vida y la fertilidad
estaría en el pie, que acerca a la mujer a la tierra (cf. Peña 1998:34).
Estas interpretaciones son muy significativas por el hecho de que, en la
cultura del Páramo, hombre y mujer parecen tener atributos muy distintos
que le confieren, a ambos, tipos de prestigio de diversa índole, pero no
por ello de distinto peso social.
Existe
en la zona, como se desprende de lo anterior, una cosmovisión muy
interesante que se basa en el dualismo. A este respecto dice Clarac de
Briceño (1982):
El dualismo
se reproduce sin cesar en el pensamiento de los andinos, y su primera
manifestación visible es la división "arriba/abajo", la
cual surge como una categoría de clasificación muy simple al
principio de la investigación, pero se va complicando más y más a
medida que se avanza en el estudio. (p. 21)
La
polarización de la que habla la antropóloga se extiende desde los
espacios geográficos, pasando por las relaciones sociales —las familias
viven arriba o abajo según su importancia— y abarca los campos de la
medicina y la fisiología (Rojas 1997).
Uno
de los aspectos que más llama la atención en este modo de pensar y de
vivir es la creencia en órganos energéticos, además de los físicos que
conocemos los occidentales. Uno de estos órganos es la pelota ,
que se encuentra a la altura del ombligo, en forma de pelota madre
para las mujeres y de pelota padre para los hombres.
Las
enfermedades también se distribuyen según las categorías esbozadas por
Clarac de Briceño, y así encontramos las enfermedades de los hombres,
las de las mujeres con hijos, las mujeres sin hijos y las de los niños.
De modo pues que el sexo es una categoría muy marcada en todo lo que
concierne la cultura, y constituye un demarcador de espacios físicos y
espirituales. Estas categorías se reflejan obviamente en lo
lingüístico, muy especialmente en cuanto al léxico relativo a ellas
(cf. Clarac de Briceño 1981; Obediente 1992, 1998).
No
puede descartarse la explicación de que en el Páramo realmente haya
expectativas sociales diferentes para hombres y mujeres, y que ambos se
cuiden de mantenerlas. Esto podría reflejarse en lo lingüístico, cuando
se observa una preferencia de los hombres por las formas rurales y de las
mujeres por las urbanas.
CONCLUSIONES
En
este trabajo hemos reflexionado sobre el modelo de uso de algunos rasgos
de la Cordillera de Mérida que se tienen como rasgos rurales. Se
trata básicamente de las realizaciones de /s/ como apical; de /r/ como
asibilada y de /f/ como bilabial. En estos tres casos, se produce un
cambio en el grupo de los hablantes más jóvenes que consiste en que el
uso de las variantes rurales ha disminuido. Las mujeres jóvenes prefieren
en mayor proporción que los hombres, las variantes urbanas de los mismos
fonemas, es decir la [s] predorsal, la vibrante múltiple [rÛ
] y la fricativa labiodental [f].
Hay
dos explicaciones para este fenómeno. La primera, sigue el llamado patrón
de sexo, según el cual las mujeres tienden hacia el uso de las
variantes de mayor prestigio social, lo cual puede considerarse como el
inicio de un cambio lingüístico. Socialmente, esta explicación estaría
respaldada por una posible preferencia de las mujeres por la vida de la
ciudad. La segunda explicación podría considerar estos fenómenos como
una diferenciación de los sexos en el lenguaje; estaríamos entonces
viendo el surgimiento de marcadores lingüísticos de sexo. Esto podría
verse en el hecho de que los hombres jóvenes no dejan de usar los rasgos
rurales, mientras que las mujeres jóvenes prefieren, abiertamente los
urbanos. Los primeros podrían estarse convirtiendo en marcadores de habla
masculina y los segundos en marcadores de habla femenina. Esta
explicación está respaldada socialmente por el hecho de que hombres y
mujeres tienen, en la cosmovisión de los habitantes de la zona, funciones
muy distintas. Además, el hecho de que tanto la realización bilabial [ F]
del fonema /f/ como la asibilada [r#
+] son en la generación de más edad de La
Pedregosa preferidas por las mujeres, permite dudar de que pueda verse
esta zona como una proyección hacia el futuro de la región del Páramo,
por no compartir, ambas zonas, al menos en estos casos, las normas de uso
relacionadas con el sexo de los hablantes.
Este
trabajo no pretende tomar partido por ninguna de las dos explicaciones,
pero favorece la idea de que se tomen en cuenta las características
culturales a la hora de adoptar los modelos sociolingüísticos. Tampoco
responderá, por ahora, a la inquietud laboviana de si, en caso de haber
divergencia entre la moda y el prestigio social, el cambio pueda
revertirse hacia el segundo.
Para
Trudgill (1983) se espera de hombres y mujeres diferentes atributos
sociales y un comportamiento social, y las variedades lingüísticas son
también un símbolo de este hecho. Esta es una de las explicaciones que
podemos esgrimir en el caso de la zona del Páramo de la Cordillera de
Mérida, donde quizás, si bien llegan formas lingüísticas nuevas, es
difícil pensar que la cultura haya cambiado, como para que se busque algo
así como una nivelación de los sexos.
Es
posible que la en la zona de Páramo se produzca también una acomodación
a los interlocutores, y no sería descabellado pensar que las mujeres sí
sean capaces de acomodar más su habla a los encuestadores que los
hombres, por su capacidad natural de adaptarse a las situaciones sociales.
Nunca sabremos, por la paradoja del investigador, si también este
elemento tiene influencia sobre nuestras averiguaciones.
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Notas en este documento.
[1] Para
Bello el género se refiere a las clases a que pertenece el
sustantivo, según la terminación del adjetivo con que se construye,
cuando éste tiene dos en cada número (Bello, 1972:28) .
[2] Para
Smith (1976) las diferencias no constituyen marcadores relevantes
de sexo, sino que llegan apenas a la categoría de estereotipos,
es decir, a ser rasgos que se asocian con los hombres y las mujeres, sin
tomar en cuenta su poder de diagnóstico (cf. Smith 1979).
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