Alexandra Alvarez. 2000. Las memorias de Juna Bornhorst1.

Montalbán. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, 33: 227-240

 

 

Las Memorias de Julia Bornhorst, una viajera alemana que perteneció al grupo de las esposas de empresarios que visitaron Venezuela refleja las dificultades de su adaptación al país. Este devenir es un desarrollo en la relación disfórica del comienzo hacia una relación eufórica con la realidad venezolana. Surge una duda sobre la clasificación de esta obra en uno de los dos géneros: la literatura de viajes y las novelas de desarrollo. La primera presupone más bien un recorrido del sujeto sobre el objeto de su observación, sin evolución ni del uno ni del otro.Las Memorias son un relato de sus viajes en la medida que describen un paisaje exótico junto con sus gentes. Pero, y más importante quizás, es el crecimiento del personaje principal, en una autobiografía en la que la autora aprende a adentrarse en un país tropical y primitivo. Por ello decimos que hay también en estas memorias una evolución de Julia en su mentalidad social: la aristocrática Julia Kulenkamp aprende a vivir entre los más pobres. La discontinuidad se sustituye por una continuidad de un querer ser una con esa gente sencilla. Las normas de Julia, aunque se mantienen, dejan de ser universales.

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Julia Bornhorst’s Memories, those of a German traveler belonging to the group of wives of managers who visited Venezuela reflect her difficulties in adapting to this country. This course is a development in the dysphoric relation of the beginning towards a euphoric relation with the Venezuelan reality. A doubt emerges about the classification of this work in one of two genres: travel literature and development novels. The first presupposes rather a course of the subject along the object of observation, without the evolution of neither of both. The Memories are a travel story as far as they describe an exotic scenery together with it’s people. But more important is the growth of the main character, in an autobiography in which the author learns to enter a tropical and primitive country. This is why we find in these Memories also an evolution of Julia in her social mentality: the aristocratic Julia Kulenkamp learns to live among the poorest. Discontinuity is substituted with the continuity on wanting to be one with simple people. Julia’s norms, even though maintained cease being universal.

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Julia

 

Julia Bornhorst, una fina mujer de Lübeck, que frecuentaba a Thomas Mann, vivió en Maracaibo en este siglo. Ella pertenecía a esas mujeres, esposas de comerciantes alemanes que vivieron en Venezuela. Dos de ellas escribieron sobre el país. La primera de ellas es Elisabeth Gross, la esposa de un representante comercial de la casa Blohm, quien vive en Maracaibo de 1883 hasta 1896 (cf. Abreu 1999, Bolívar mimeo). Ella recopila y le regala a su marido, titulándolas "Vida alemana en la lejanía", las cartas que le escribe a una amiga en Chile. Julia Kulenkamp llega a Venezuela en 1923, casada con un venezolano de origen alemán, Carl Bornhorst: su obra está escrita como un todo, desde un principio, como memorias de viaje. Estas memorias comienzan en la travesía, a bordo del vapor "Stuyvesant" hacia Maracaibo. Julia nunca regresa a Alemania definitivamente; en Venezuela muere Carl, en 1949, ella vive hasta 1980 y está enterrada en la Colonia Tovar. Las memorias fueron legadas a los hijos, en la navidad de 1960.

 

Estos recuerdos están escritos en trece cuadernos, el último dedicado al parecer a sus amigos de Lübeck. Entre el cuaderno número doce y el último ocurre la segunda guerra mundial2. La familia viajaba a Alemania de turismo, pasando por Japón, donde los sorprendió el comienzo de la guerra que les impidió el regreso, obligándolos a esperar siete años entre Japón y China antes de retornar a Venezuela.

 

Los cuadernos fueron publicados como un todo, al parecer como los pensó su autora. Dirk Bornhorst, en el Prólogo a la obra de su madre, anuncia una diferencia "de estilo" entre el doceavo cuaderno y el último, que él atribuye a los distintos destinatarios a quienes iban dirigidos. Yo encuentro una diferencia de actitud que comienza mucho antes: después del regreso del primer viaje a Alemania. Sobre este particular quisiera centrar mis observaciones.

 

 

¿Reiseliteratur ó Entwicklungsroman?

 

Ahora bien, ¿en qué género agruparíamos estas memorias? Ellas cubren los años de 1923 a 1941, de modo que se refieren a una época de la vida de Julia Bornhorst que se relaciona exclusivamente con Venezuela, salvo cortos viajes a Curaçao y Alemania y una escala en Estados Unidos. La época de la guerra es omitida del relato. Esto hace posible agrupar esta obra bajo el rubro de los libros de viajes, Reiseliteratur, tan transitado por los alemanes, ya que en estas memorias se describe la larga travesía de la autora por estas regiones equinocciales. También durante estos años Julia lleva consigo sus pinceles, de modo que surge paralelamente a los textos una serie de acuarelas, recogidas también en este bello libro.

 

Como sabemos, a este tipo de literatura viajera se adscriben desde la Odisea de Homero, los relatos de Marco Polo, muchas historias imaginarias como la de Grimmelshausen Reisebeschreibung nach der oberen Mondwelt y el Gulliver de Swift, La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne y muy especialmente para nosotros, la Amerikareise de Humboldt. En la gran variedad de estilos que hemos nombrado, desde la crónica de viajes, pasando por las historias inventadas, hasta algunos textos en el género de la novela, los relatos de Julia Bonhorst parecen perseguir dos finalidades: la primera, la de contarle su vida en Venezuela a sus herederos, la segunda la de describir, nuevamente, a esta tierra. Y digo nuevamente porque ya había sido descrita por su glorioso antecesor alemán, y por varios otros viajeros alemanes a Venezuela. En este caso, los relatos estarían centrados en el desarrollo del objeto frente a nuestros ojos. Sería al decir de Stendhal, como si el objeto descrito - Venezuela en este caso - pasara delante de los ojos de su autora, como un espejo.

 

También podríamos situar la obra entre las llamadas novelas de "desarrollo" o "novelas de artista" (Entwicklunsromane, Bildungsromane o Künstlerromane). Estas novelas produjeron grandes obras de la literatura germana: Wilhelm Meisters Lehrjahre de Goethe, Franz Sternbald’s Wanderungen de Tieck, Heinrich von Ofterdingen de Novalis, Titan de Jean Paul, Ahnung und Gegenwart de Eichendorff, y muchas más se suman a esta lista de obras en las que sus héroes revelan, con detalle, la transformación de su personalidad a lo largo de su crecimiento, pero sobre todo describen sus luchas con el contexto, el cual generalmente les es hostil o al menos, incómodo. Por ello las aventuras de sus personajes se dan hasta que se llega a un cierto cambio en ellos. Las novelas de este tipo son muchas veces autobiográficas, o al menos están escritas en primera persona. En este caso, nos referiríamos al desarrollo del sujeto - la autora de las memorias, frente a esta nueva realidad que se le presenta y en la que tiene que vivir.

 

Si bien los recuerdos de Julia ni son una novela ni se refieren necesariamente a sus cambios interiores, algo hay del concepto de desarrollo en las Memorias. Se trata sin duda alguna en estos escritos, también de las discrepancias de esta mujer con una tierra que al principio le resulta primitiva y hostil y, si bien ella no se detiene a describir los distintos períodos de su evolución personal, sí afirma en alguna oportunidad que su vida transcurre en etapas de veintiocho años: la primera la de la infancia y el aprendizaje, la segunda dedicada al marido y a los hijos y la tercera al arte y a la búsqueda de intereses más altos, el cuidado de las relaciones amistosas y familiares (p.114) y ésto se revela también en cuanto a su postura con respecto al país en el que vive.

 

Quizás ella misma no lo confiesa, o ni siquiera lo nota, pero hay indudablemente un cambio que se opera desde su primer regreso desde Alemania, después del séptimo cuaderno: la conversión del país extraño en su segunda patria. Sin embargo, trataremos de mostrar que esta transformación no radica exclusivamente ni en la modificación del país, es decir del objeto, aunque la hay, incluso preocupantemente para Julia, ni en el cambio que sufre la autora, que también lo hay, sino en la relación entre ambos, entre el objeto y el sujeto, entre el país en el que Julia tiene que vivir y en su forma de aprehenderlo: la existencia semiótica del sujeto se da en este caso por su relación con el objeto (Fiorin 1997).

 

Como puede verse en una primera lectura Julia tiene una posición muy clara: ella va descubriendo un entorno que no le resulta, al comienzo, necesariamente agradable. Solamente el paisaje, a veces, le apasiona; pero todo lo que tiene que ver con sus gentes y sus costumbres le resulta extraño. Detesta la comida, extraña las legumbres europeas, desconfía de los sirvientes. Ella comparte el oasis de la extensa colonia alemana que trabaja y vive en Venezuela y que lucha por conservar la forma de vida de ultramar. Después de su primer viaje a Alemania, Julia decide regresar, a pesar de sus quebrantos de salud. La segunda etapa de los cuadernos ya no es el de una viajera extraña al país. Aquí nacerán sus hijos y su visión de Venezuela se modifica. Es sobre este hecho que quisiera concentrarme, en este trabajo. Compararé los cuadernos de la viajera, los de la nostalgia, con la de la mujer que encuentra, como ella misma lo dice, su segunda patria en Venezuela.

 

 

Dos Julias

 

Hablo del cambio que observo en los escritos de Julia Bornhorst sobre sus años venezolanos. Después de su segunda elección por vivir en este país, su visión sobre esta realidad va modificándose poco a poco. Hay algo que no se puede obviar y es que ella es una persona adulta cuando llega al país, no como Carl, quien nace aquí. Ella no es venezolana como él. Carl considera a Venezuela como su segunda patria; en ella es un asunto de elección. En alguna medida los alemanes se aventuran en el paisaje y tímidamente en la cultura del país, pero su sistema ideológico, como sistema de creencias, permanece intacto. La obra de Julia es una obra alemana, en un género alemán por excelencia. Su intento más sublime por producir un arte más nativo parece ser aquél momento cuando moldea las figuras en el barro de las cuevas del Guácharo: manos alemanas sobre la materia del país. De resto, y creo que puede decirse, sin ambages que es a través de lo emotivo que este "arte alemán" va cambiando de mentalidad.

 

Ahora bien, ¿cómo podemos explicar, desde un punto de vista más objetivo, este desarrollo en la persona de la autora? Como dijimos en un principio, el problema está en la relación de Julia Bornhorst con la realidad venezolana; la relación del sujeto con su objeto. Diríamos más, se trata de una relación bidireccional: por una parte está su relación con su país natal, Alemania y por la otra, su relación con su país de adopción, Venezuela. Lo que está en discusión no es, como hemos dicho desde el principio, ninguno de los dos objetos, - los dos países - sino la relación de Julia con ellos dos, en otras palabras, su gusto o disgusto por estas dos realidades.

 

Fiorin (1977) establece el sentido general del vocablo "gusto" como la inclinación, preferencia, o aptitud para deferenciar y apreciar ciertas cosas, para establecer y marcar diferencias entre los objetos, los comportamientos, etc. Según el autor esta diferenciación es siempre negativa, pues en su forma más abstracta, el gusto es el establecimiento de la discontinuidad en la continuidad, de la diferencia en la indiferenciación.

 

Lo que a Julia no le gusta, es decir, con lo que no establece continuidad, no es la naturaleza venezolana, con ella tiene una relación eufórica. Julia ama esta tierra, porque la naturaleza es como una sustancia sin forma. O más bien, como una materia que ella puede moldear a su antojo. Desde un principio Julia disfruta del Lago de Maracaibo. A orillas del Lago tiene una casita de palma, un palafito lo suficientemente sencillo para que coincida con su gusto alemán. Igualmente goza de los viajes, que le ofrecen paisajes maravillosos en todo el país. Como buena viajera, los describe acusiosamente, no solamente a través de su pluma, sino también por medio de sus pinceles, haciendo justicia a la tradición de sus antecesores y dejando un legado para sus hijos y sus compatriotas, tanto alemanes como venezolanos.

 

Recuerda Fiorin que si lo continuo se ve como euforia, lo discontinuo es negativo y se ve como disfórico. Esa negatividad esencial en la constitución del gusto opera, por lo tanto, sobre un principio de exclusión (Fiorin 1977: 15).La disforia, es decir la discontinuidad, opera con "formas" que no se corresponden con las normas a las cuales está acostumbrada. "No resultaba fácil acostumbrarse, el idioma extraño, el calor, a cuatro almas sirvientes para atender a dos personas: era algo sobrecogedor"3 dice en el segundo cuaderno; en el cuarto retoma la idea del segundo: "No, no era tan fácil acostumbrarse a muchas cosas desagradables"(17) Encuentra esta tierra extraña y primitiva .

 

Este principio de exclusión opera, según Fiorin, en los diferentes dominios de la vida práctica y simbólica, por ejemplo en la alimentación, en la cultura, en la presentación personal. Variadas son las opiniones de Julia en este sentido. No todo es negativo y a veces nos asombramos de sus opiniones sobre las cosas de aquí. Curioso es, por ejemplo, que su casa está habitada por espíritus que ella, al igual que los nativos, puede ver. Le cuentan que hay un "entierro" allí y ella también experimenta extrañas sensaciones: "Se pueden interpretar estas apariciones como se quiera, sueños no son, porque se hacen visibles a los ojos del cuerpo sólo en el momento de despertar, sin ningún sueño precedente; pero son durante un breve lapso una realidad claramente perceptible4 (116).

 

Pero en general no se siente bien. Es una tierra en la que siempre hay que estar alerta. La mayoría de las plantas puyan o queman, los animales son peligrosos para nosotros, nos molestan constantemente los insectos, pero uno se acostumbra a todo, también a este constante estado de alarma5 (116). Con respecto a los alimentos, se queja por ejemplo de que no hay vegetales frescos y es mucho más tarde, cuando recibe los productos vegetales que le envía un agricultor alemán desde Timotes, que su cuerpo comienza a recibir con gusto las cosas de esta tierra. Sobre la cocina venezolana opinará en relación con las hallacas: "eso es un trabajo tremendo" (das is ein gewaltiges Stück Arbeit" (120). Llega a enfermarse y rechaza toda alimentación y es justamente a través de los alimentos y la gimnasia, que logra curarse en Hamburgo. Sus padres la hacían comer "un grueso beafsteak con papas fritas y un sandwich de queso", algo que no parecería apropiado para una persona tan delicada. Otra referencia a la alimentación es la de su salida al restorán en Maracaibo, que le parece terrible.

 

Vemos más claramente quizás aquí que el problema no es la materia de la alimentación. No se trata solamente del rechazo de su naturaleza acostumbrada a otra realidad, sino a una discontinuidad con la "forma" de la alimentación, hay una relación disfórica entre el sujeto y la cocina - el problema no está en lo que se come, sino en la forma de prepararlo, diría Levy Strauss, entre lo crudo y lo cocido. Veamos otro ejemplo, el del mercado de Maracaibo. A Julia le molesta la forma de vender el pescado. Dice que hay una riquísima selección de pescados exquisitos pero desgraciadamente dan el pescado completo y no venden los filetes preparados. No hay quesos amarillos, no hay pan negro, ni mantequilla.

 

Asimismo, el gusto se revela en la cultura, o mejor dicho, en las formas de vida. Bourdieu define el estilo de vida como un conjunto unitario de preferencias instintivas que expresan, en la lógica específica de cada uno de los subespacios simbólicos -mobiliario, ropa, lenguaje y héxis corporal - la misma intención expresiva (Bourdieu 1979 en Fiorin 1997: 27). Julia estaba acostumbrada a las diversiones de Munich y no podía fácilmente adaptarse a las cosas de aquí. Por ello las diversiones, incluso las de la colonia alemana, le parecen al principio demasiado simples. Apenas se reúnen y hacen comidas en común. Para ella, "que había pasado mis años de adolescencia en Munich, ciudad de ilimitadas posibilidades, esta restringida libertad de movimientos no me resultaba tan fácil de soportar"... (20)

 

También llaman la atención en los relatos los personajes, es decir, las relaciones de Julia con la gente que describe. En las primeras memorias no hay amigos venezolanos. Prolifera en la primera etapa una descripción más bien de "inventario". Se trata de contar la vida en la colonia, y en este hacer hay solamente, además de Carl, su esposo, dos tipos de personas: los alemanes y los sirvientes. La cocinera roba cuando va a comprar, lo que obliga a Julia a ir al personalmente al mercado.

 

La colonia alemana no parece mezclarse con los criollos. Cuando conoce los baños de Ureña en el Táchira tiene palabras de admiración para con la naturaleza "donde una gran cantidad de fuentes brotaban, una junto a la otra, del suelo del bosque. Contienen azufre, son saladas, radioactivas y quién sabe cuántas otras cosas. Probamos una tras otra y realmente todas eran diferentes, tenía propiedades curativas y gozaban de mucha fama (33), dice. Pero no piensa igual de la gente: la vestimenta , por ejemplo, también le resulta risible. Este mismo relato de Ureña trae una palabra de suave burla hacia las mujeres venezolanas: "Cuando veían un sombrero guindado de un poste, eso significaba que el recinto estaba ocupado. Así que nuestro chofer guindó su sombrero de uno de los postes y disfrutó de su baño. Naturalmente sólo se bañaban los hombres, pues para las mujeres eso habría sido de mal gusto, aparte de que ¿cuál mujer venezolana tendría un sombrero para guindar? Las mujeres distinguidas llevaban andaluzas, las más sencillas pañuelos de cabeza, era lo que se usaba"(33)

 

Julia lleva un sombrero en varias de las fotos que aparecen en el libro y es - sin lugar a dudas- la más linda de las mujeres alemanas. Tiene un porte elegante, está sentada muy derecha frente a su esposo Carli, sonríe amable pero moderadamente, no tiene maquillaje visible. El gusto es la aptitud de tornarse distinto y distintivo....diría Fiorin (1977:15) y Julia se distingue en su porte personal, en su manera de moverse, en su ropa, en sus preferencias alimenticias, en sus preferencias por el país, de los demás" -mobiliario, ropa, lenguaje y héxis corporal- diría Bourdieu (1979 en Fiorin 1997:27). Ella es representante del "buen gusto" .

 

Pero su selección parece ir más allá de lo nacional. No es que Julia prefiera desde un principio en todo a Alemania sobre Venezuela. Lo que ella elige, en esa relación con el objeto que va a definirla como una mujer de buen gusto, es precisamente lo que en Alemania la caracteriza como una dama aristocrática. Recordemos que el sujeto se define por la relación con el objeto y su existencia semiótica se da por la relación con éste; el sujeto, al escoger, preferir, define ciertos trazos del objeto, para clasificarlos por encima de los otros, porque el gusto no se define semánticamente, sino semiótica y modalmente, es decir a través de la relación existente entre el objeto y el sujeto (Fiorin 1977). Ella ama München, por su vida elegante y Hamburgo, por las mismas razones. De lo campesino alemán se contenta con las verduras que mejoran su digestión.

 

Porque también hay normas del gusto. Como el objeto también se define relacionalmente, el sujeto debe correlacionarse con un objeto definido por el conjunto de características que le atribuyen un efecto de sentido de individualidad, de singularidad, o sea, un estilo. El gusto es la pasión de la diferencia. (Fiorin 1977: 17). Trazando un paralelo con las normas lingüísticas, Fiorin explica como una de las normas, generalmente la de las capas más privilegiadas de la sociedad se toma como el sistema y la sanción positiva o negativa de los objetos establece entonces el gusto legítimo e ilegítimo. El gusto dominante se transforma en buen gusto y por lo tanto, sirve de norma para el futuro; se toma lo que se considera el buen gusto de una cierta época, de un lugar dado, de una determinada clase social (en general, de las capas privilegiadas más antiguas) y se eleva la norma a la categoría de universal. - lo que es variante se transforma en invariante. Por eso, el gusto significa "buen gusto" (Fiorin, 1977).

 

Barros (1997) apunta a dos determinaciones del gusto que señalan diferentes relaciones del sujeto del mismo con el gusto sentido o experimentado. La primera es la de la determinación aspectual de los sujetos del gusto, la segunda de su categorización fórico-tensiva. Los gustos serán así dichos, en el primer caso, excesivos o insuficientes (fuerte vs. flaco, dulce, leve, delicado, suave, etc), en el segundo caso serían eufóricos, relajados o disfóricos tensos (buenos, agradables o ruines, desagradables). Hay por un lado diferencias cuantitativas, de medida, y por el otro diferencias cualitativas, de la naturaleza de las cosas.

 

Julia no establece totalmente ni una relación eufórica con Alemania, ni una relación disfórica con Venezuela. En Venezuela hay, por otra parte una colonia alemana en la que ella podría vivir cómodamente, como de hecho lo hizo Carli desde siempre. Estos alemanes añoran algunas cosas de su país, pero en Venezuela hacen, diríamos, algunos arreglos semióticos entre culturas y viven felices. Julia no puede hacer eso.

 

En lo aspectual Julia se distancia por ejemplo de lo gringo, del gerente borracho de la Standard Oil Co, porque había ingerido demasiada bebida. Me pareció muy raro, -dice - hasta que me di cuenta de que estaba completamente borracho. Jamás había visto tan embriagado a un ser humano de nuestra categoría social: estaba horrorizada" (14). Por la otra se distancia también en lo fórico-tensivo de lo no venezolano. Cuando llega al puerto de Maracaibo y la recibe la colonia alemana en pleno, ella recoge el episodio con las palabras "zu meinem Entsetzen" (para mi horror) - que la versión española traduce demasiado suavemente como "para consternación mía". No se siente cómoda por un recibimiento que para ella es inapropiado. Julia no es una heroína de guerra, es simplemente la recién casada esposa de Carl Bornhorst, por lo que la bienvenida le resulta una ceremoria inadecuada.

 

Se ve ya que las normas de esa comunidad, la colonia alemana, no se corresponden totalmente con las suyas. Los alemanes tampoco pertenecen totalmente a su círculo, ni ella es desde un principio del agrado de la colonia. Refiere Julia que las malas lenguas critican al solterón Carl por haber viajado a Alemania a buscarla: "¡para eso se fue tan lejos!", dicen, pero ella no se entera sino más tarde (14). Otro episodio que muestra esto es el del tranvía en el que Carl se traslada al trabajo. Escondiéndose detrás del periódico evita la conversación matinal de otros alemanes y además, lo comenta con su mujer. De manera que ellos dos, el matrimonio Bornhorst se distancia de alguna manera del resto de la colonia.

 

Hay pues, en Julia, al principio, muy pocas cosas que le parecen bien. No se siente totalmente a gusto en Venezuela, pero tampoco la colonia alemana llena todas sus expectativas. En realidad, no es solamente el problema de la desadaptación a Venezuela. No hay, como vemos, una clara oposición Venezuela-Alemania y la prueba está en que ella, después de curarse en su tierra natal después de su primer retorno, prefiere regresar. Hay también una ruptura en los límites de su disforia hacia lo venezolano. Visita a Gómez en Maracay y el presidente le simpatiza. Es sabido de todos que si bien Gómez mismo era campesino y militar, estaba acompañado por Doña Dolores Amelia Núñez de Cáceres, una mantuana caraqueña y los hijos del presidente era gente muy refinada, es decir que la vida en Maracay era elegante y podemos suponer que se correspondía más con las normas aristocráticas de Julia. Además, el presidente aprecia a la colonia alemana.

 

El cambio

 

La descripción etnofóbica del principio se convierte poco a poco en una descripción etnocéntrica. Julia lo dice claramente al principio: es difícil acostumbrarse a tantas cosas desagradables. Pero hay un cambio radical. Si recordamos la interpretaciones de las relaciones fórico tensivas que hace Barros (1997) podríamos clasificar los alimentos en los que se comen y los que no. El pollo se come, pero para la mayor parte de la gente, las hormigas no. Para muchos, por ejemplo, la iguana entraría en la categoría de lo desagradable: es un animal feo, con aspecto de cocodrilo y que aunque nos digan que se alimenta solamente de frutas como el murciélago, muchos lo rechazarían igualmente. Sin embargo, en la exquisita mesa del Hato Hamburgo los Bornhorst cocinan carne de iguana y se les dice a los invitados después lo que han ingerido: "Sus grasosas colas proporcionaban un sabroso filete, que sabe como la carne de gallina, hasta el punto de que nuestros huéspedes no querían creer lo que habían comido6". Además los domingos hay sancocho en la casa, un plato típico venezolano, aunque se prepara con verduras tradicionales europeas.

 

Pero también cambia su relación con la gente. La existencia de los sirvientes le resulta al principio sobrecogedora. En el séptimo cuaderno, después del retorno de su convalescencia en Alemania, se da la primera expresión de cariño hacia un "alma" - como ella los llama - del país. Es la que se refiere a un sirviente, Rogelio, quien luego muere de cáncer y a quien Julia caracteriza como "serio, tranquilo y siempre dispuesto, a quien queríamos mucho"(27).

 

Recordemos una vez más su apreciación de las mujeres venezolanas como pacatas y mal vestidas. Sin embargo, allí también hay una transformación y no es precisamente del objeto mismo. Julia cuenta un episodio de una recepción especialmente cordial que le hace una campesina: "Inmediatamente nos obsequiaron con una taza de café; la señora, a mis espaldas, me sacó el sombrero de la cabeza y, acto seguido, se la oyó moverse durante cierto tiempo en la habitación de al lado. finalmente reapareció: en su rostro lucía un gesto de anticipación y, con un gran ademán, me indicó en baja voz que la siguiera, añadiendo: ‘Señora, por favor, refrésquese!’ Encontré una ponchera con agua turbia, paño, peine, polvera y una mota. Mientras me afanaba por usar todos esos adminículos, acompañando mi acción con palabras de agradecimiento -si bien yo hubiera preferido peinarme y empolvarme con mis propios implementos-, regresó y me echó en el cabello, desde atrás, un líquido de fuerte olor, exclamando llena de orgullo: "Nosotros no hacemos esto, pero sé que ustedes sí están acostumbrados a ello". Estaba convencida de haber ofrecido a su huésped la más alta muestra de civilización" (43) Julia Bornhorst entra en la forma de esa mujer, o bien en la forma que esa mujer cree que es la norma aristocrática de Julia: ella es capaz de abandonar sus normas sobre maquillaje, para no despreciar a esa mujer sencilla. Además, deja de lado la costumbre de cualquier mujer elegante de usar sus propios instrumentos y artículos de maquillaje y no los de los demás; los materiales para realizarlo son algo individual no colectivo, supuestamente por razones de higiene, que son obviamente también razones de norma.

 

Otro episodio que muestra el vuelco de Julia, se despliega ante nosotros cuando refiere, por ejemplo, el diálogo con una campesina que le comenta en un paisaje del Estado Falcón, un sitio árido con vegetación desértica "No es esto bonito? Yo nací aquí, en esta casa, y aquí me crié, no puedo imaginar nada más bonito. Hace poco estuve en Maracaibo y no pude aguantar aquel ruido. Aquí lo tenemos todo, tenemos felicidad y paz. ¡Para mí es el lugar más hermoso de la tierra! a lo que Julia comenta "Y yo tengo que decir que puedo comprenderla. Entendí cuánto quería ella este paisaje, llano y árido, esta tierra tosca que nada les da, lo que se dice nada. Justamente su sentimiento era: "Esa tierra y yo nos pertecenemos la una a la otra" (44). Julia puede sentir con esta campesina: si bien no puede compartir el gusto mismo, puede comprender la esencia de la relación de esa mujer con el objeto de su gusto, puede vibrar con ella al unísono.

 

Un relato muy tierno es el de Teodoro, un niño de dos años que le molesta en su sueño, en la noche, con sus necesidades corporales. Cuenta cómo lo visten con lo único que hay, "un traje de niña que le quedaba muy grande". Pero Julia disculpa la situación diciendo: "Lucía fabuloso, y yo admiré, debidamente, su elegancia. Tengo que decir a su favor que esa noche se portó muy bien. ¿O acaso es que yo no oí nada, pues, según lo había planeado, me retiré al rincón más alejado de nuestra habitación de lujo? y luego: "Esa posada en el pueblo de Casigua, su gente sencilla e ingenua, han permanecido como uno de nuestros mejores recuerdos; con gusto regresaría allá algún día" (51). En esta ocasión también Julia abandona sus normas a favor de la ingenuidad y la sencillez. El valor de cambio, como diría Bourdieu, abandona su sitio preferencial por el valor de uso. Ella comprende que esa gente sencilla quiere agasajarla con lo que tiene, que no es fino, ni apropiado; pero ya su sensibilidad es otra. Ella acepta la continuidad con esos venezolanos y su relación pasa de la disforia del comienzo, a la euforia de esta segunda etapa.

 

Según Bourdieu, el gusto crea un estilo de vida que se caracteriza por una estetización que se define como la valorización de la expresión sobre el contenido, del aspecto sobre la acción, del modo de hacer sobre el hacer, del valor de cambio (valor de refinamiento, de distinción) sobre el valor de uso. Hasta la ética se subordina a la estética: se permite transgredir las normas éticas, cuando esa transgresión se hace con gusto, esto es, cuando se subordinan las violaciones de la moral al estilo. Cada uno de los estilos de vida constituye una norma de gusto (Bourdieu 1979 en Fiorin 1997: 27).

 

Se observa también una preocupación creciente por las bases morales del país, con la llegada de la explotación petrolera. Si bien la nueva colonización de los petroleros trae consigo algunas comodidades, como los supermercados, que les permiten también a los alemanes comprar "de todo, para poder vivir de acuerdo con nuestro acostumbrado estilo" (38), Julia se angustia por la descomposición moral que se anticipa. Si la comodidad de reencontrar lo que un extranjero echaba de menos en Venezuela, es decir la estética, le produce comodidad, la Julia venezolana se preocupa por su país; ella se niega a la valoración de la ética sobre la estética, a la superposición del valor de cambio sobre el valor de uso. Julia se horroriza por la destrucción del suelo, del patrimonio ecológico. Pasa días observando, junto con su marido, el primer incendio de la explotación petrolera en el Lago y de esos días tenemos todavía junto al relato escrito, acuarelas y fotografías.

 

Le preocupa la calidad de la gente que ingresa con la nueva industria: "Naturalmente no eran los mejores elementos los que, atraídos por ese hechizo petrolero, confluían de todas partes del mundo hacia Venezuela, lo cual tuvo su efecto desfavorable sobre el nivel moral del país" (38). En los últimos de sus textos describe uno de esos pueblos tocados por el petróleo, Mene de Mauroa: "El dinero de los perforadores americanos ha transformado completamente al pueblo y a la gente. Por todas partes hay música, baile, juegos de azar y, especialmente, una gran oferta de "damas" (34). Y con respecto a los americanos dice: "Tienen, para su recreo y distracción, un campo de golf. Por lo demás, tanto para ellos como particularmente para las pocas mujeres que allí llega, la vida en ese campamento debe ser bastante tediosa y dañina para el espíritu" (54) 7 .

 

Conclusiones

 

Hemos querido mostrar en estas Memorias de una viajera alemana, que no regresó nunca a su país de origen, su proceso de adaptación al suelo que al principio le resulta hostil. Lo hemos interpretado como un desarrollo en la relación disfórica del comienzo hacia una relación eufórica con la realidad venezolana.

 

De ahí que también hayamos dudado sobre la clasificación de esta obra en uno de los dos géneros: la literatura de viajes y las novelas de desarrollo. La primera presupone más bien un recorrido del sujeto sobre el objeto de su observación, sin evolución ni del uno ni del otro. Por eso podríamos decir que las Memorias son un relato de sus viajes, en la medida que describen un paisaje exótico junto con sus gentes. Pero, y más importante quizás, es el crecimiento del personaje principal, una autobiografía en la que la autora aprende a adentrarse en un país tropical y primitivo. Por ello decimos que hay también en estas memorias una evolución de Julia en su mentalidad social: la aristocrática Julia Kulenkamp aprende a vivir entre los más pobres. De modo que aquellos primeros cuadernos en los que traslucen las dificultades, los mareos, sus enfermedades, las propias y las ajenas, las operaciones, los abortos; en otras palabras, la nostalgia y la muerte, dan paso a una visión desde adentro de la vida en Venezuela, la vida de su segundo país.

 

La discontinuidad, acotaremos, se sustituye por una continuidad de un querer ser una con esa gente sencilla. Las normas de Julia, aunque se mantienen, dejan de ser universales. Estas normas pasan de invariantes a variantes porque ella misma acepta la pluralidad de las costumbres. Lo que en un principio es el moldear la sustancia exótica a las formas conocidas (el barro con sus manos, en otras palabras) se convierte en un constituirse ella misma en la sustancia que se deja moldear por la forma nueva (forma que se presenta como maquillaje, modos de actuar y maneras de pensar). Acepta en última instancia que los sentimientos que la unen a este país y a su gente, la pueden hacer olvidar a la Julia que se embarcó en el Stuyvesant.

 

 

Referencias

 

Abreu, Antonio de. 1999. Vivencias de una hamburguesa en Maracaibo (1883-1896) En Rodríguez, José Angel (comp). Alemanes en las regiones equinocciales. Caracas: Alfadil.

 

Barros, Diana Luz Pessoa de.1997. Gosto bom, gosto ruim. En Landowki, Eric e José Luiz Fiorin (eds) O gosto da gente, o gosto das coisas. Abordagem semiótica. São Paulo: Educ.

 

Bolívar, Adriana. 1999. La representación discursiva de las dos patrias de Elisabeth Gross: Alemania y Maracaibo entre 1823 y 1896. Ponencia presentada en el II Coloquio Venezolano-Alemán de Lingüística. Mérida: ULA

 

Bornhorst de Walther-Weisbeck, Ina y Dirk Bornhorst. 1993. Venezuela 1923-1941 en acuarelas y relatos de Julia Bornhorst. Maracaibo: Oscar Todtmann Editores.

 

Bourdieu, Pierre. 1979. La distinction. Critique sociale du jugement. Paris: Minuit 1979.

 

Fiorin, José Luiz. 1997. De gustibus non est disputandum? Para uma definiçao semiótica do gosto. En Landowki, Eric e José Luiz Fiorin (eds) O gosto da gente, o gosto das coisas. Abordagem semiótica. São Paulo: Educ.

 

Notas en este documento.

[1]  Una versión anterior de este trabajo fue presentada en el II Coloquio Venezolano-Alemán de Lingüística, realizado en la Universidad de Los Andes, del 21-24 de septiembre de 1999. 

[2]  Aquí nos atendremos al orden que presenta la versión alemana.

[3]  Los textos están citados según la traducción al español del original que se encuentra en el mismo libro. El número entre paréntesis corresponde al número de página. Sin embargo, en varias de las citas, como en esta, he modificado la traducción, por no considerarla precisa.

[4]  He modificado la traducción

[5]  He modificado la traducción

[6]  Cambio estilístico en la traducción.

[7]  Estos pueblos fantasmas, sembrados por el petróleo, fueron también exitosamente descritos por escritores venezolanos como Miguel Otero Silva y Guillermo Meneses, autores de Casas Muertas y Mene, respectivamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

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